Decidí hacer otra vez la prueba, me quedé inmóvil bajo las sábanas. Ella de un salto las abandonó, cogió el albornoz, se calzó las zapatillas y salió camino de la ducha, grácil, todo como si fuera un solo movimiento, silbando. Cuando el agua opacó su melodía me levanté y en la cocina me preparé un café de los de sobre; mal cálculo porque hubiera tenido tiempo para hacerme un exprés como dios manda. Me senté a la mesa y la esperé leyendo el diario pero esta cabeza que tengo no me daba tregua y así no me enteraba de nada. Cuando entró en la cocina el aroma del jabón de hierbas que utiliza lo invadió todo y se me aceleró el pulso, quise dejarme de chorradas pero esa vocecita interna me impidió hablarle. Abrió el ordenador sobre la mesa se inclinó adoptando esa postura que me vuelve loco, cargando el peso sobre una pierna, sacando esas caderas de mis anhelos. Tecleó alguna cosa que debió ser divertida por sus risas, yo sin levantar la vista. Se preparó el zumo, la fruta picada, el café y se sentó frente a la pantalla, hizo un par de llamadas al trabajo y otra con monosílabos cariñosos que me dejó más helado de lo que ya estaba. Terminó el desayuno, dejó en la pica los trastos y casi me roza el hombro cuando se apoyó en el respaldo de mi silla para terminar de calzarse la botas. Salió de casa como siempre, silbando, tarareando alguna cancioncilla. Me levanté y miré el espejo que tiene enganchado al cristal de la puerta, el que usa para maquillarse, ahí estaba yo, seguía viendo mi imagen aún después del suicidio.
