Fragmentos. Siempre fragmentos. Rastros. Trozos de memoria que intentamos hilvanar para recomponer una historia. O, acaso, reconstruir una imagen condenada a disolverse en el tiempo. Y con cada pedazo, una parte del hilo en el ovillo de nuestra vida, vuelve a enredarse.
Con el aire. Con la luz. Todo esta en la luz y sus reflejos.
Dentro o Fuera. Un límite itinerante, reversible. Una mirada que se anida con los reflejos, para transformarse en proyecciones. Cada fragmento es una frontera intercambiable, definida sólo por el lugar desde el que la observamos. En su mutabilidad nos construimos. Con el fantasma del afuera en el adentro.
Y viceversa.